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De la realidad poliédrica a la transgresión técnica espacio temporal.


Todavía no está la sala montada con las pinturas de Juan Zurita, pero puedo imaginar la sensación de espacio. Transeúntes a tamaño natural de la gran ciudad, que no he tardado en identificar con París y sus grandes bulevares, caminan con pasos largos y rápidos, como siluetas de personas con nombre, pero anónimas para nosotros, sobre los fondos nocturnos iluminados por los escaparates y las luces de neón de la publicidad. Parece que nada más se registran los que tienen energía para poder llevar ese ritmo, ese pulso de las grandes ciudades.

Quien se mueva no sale en la foto. Frente a esta popular frase, los registros del artista se basan en la fotografía y, -por si hubiera alguna duda del instante fotográfico y mágico del clic de la cámara-, utiliza, para mayor contundencia y selección, el registro del movimiento en vídeo, en este caso digital, para facilitar la congelación de la imagen deseada, elegida. La plasmación de los píxeles que, fiel a la imagen digital, expuso durante el desarrollo de este proyecto hace unos años, se esfuma con la perfección de la tecnología. La captación técnica es ahora más nítida, aunque mantiene ese rastro o estela del cuerpo y sus ropas al pasar en movimiento frente a la cámara. Posteriormente lo registra en el lienzo, con un mimetismo de pintor realista y figurativo. De este modo lo pinta al óleo, como parte de la realidad captada a través de un medio técnico. ¿Por qué falsear la tecnología? Congelar el instante es extraerlo del contexto. Si el medio técnico lo registra así ¿por qué ocultar esa verdad?

Mi primera impresión al ver tres de sus cuadros en la galería Isabel Hurley, antes del montaje para poder escribir este breve texto, fue -además de observar el gran tamaño de los viandantes que me hacían ser una más entre ellos-, la tendencia a reflexionar sobre la mezcla de color que se producía en el ojo. Inmediatamente, surge la comparación con la técnica de los impresionistas y los estudios de óptica, de finales del siglo XIX y principios del XX. Claro, es un tanto absurdo comparar de este modo; nos encontramos ante un artista contemporáneo e inquieto de principios del siglo XXI. Algo falla.

Juan Zurita, simplemente, es fiel a lo que se registra, - que ya es mucho decir-, no a lo que se ve o se pretende ver o se memoriza en el registro de lo visto y la mirada. Lo que se registra técnicamente contiene imágenes que nuestra mirada recoge y arregla. Pero esa no es la verdad. La verdad que expone el fotograma esconde esa estela de los cuerpos al pasar rápidos; la luz de neón que no perfila los contornos, que mezcla colores en el espacio nocturno inventado por el ser humano, y asemeja decorados de películas, como la magnífica One from the heart (1982), de Francis Ford Coppola, en la que la ciudad de Las Vegas está reinven- tada -y rodada- en los estudios cinematográficos.

El espacio que plantea el artista parece real y te sitúa en el lugar. Su obra juega con el espectador establecido en la tercera dimensión como volumen, rodeado de lienzos al óleo, mimetizados con formato digital, en su apreciación más esencial, más primaria en los juegos de luces y sombras, personas, movimiento, encuadre, contraste. Cuadros que parten de una imagen captada a través de una disciplina técnica -ya sea la fotografía digital o el vídeo digital- para trasladarla con fideli- dad, al plano pictórico tradicional del lienzo y el óleo, con el que los artistas se expresan en occidente desde el siglo XV.

Parece que en su obra, los tiempos en la historia no tuvieran distancia temporal, pues mezcla técnicas del presente y del pasado creando con ellas; que los tiem- pos en la fragmentación del momento congelado no tuvieran acotación temporal, al expresar la estela del movimiento; y que el espacio bidimensional y estático del cuadro te aportara tridimensionalidad y movimiento, con confusa distancia espacial entre los dos planos y el cuerpo, entre lo estático de nosotros como ob- servadores y el cuadro.

Creo que la obra en conjunto llega a producir la sensación de transporte virtual, jugando con elementos de la realidad presentes como materia, -sus cuadros-, llevándonos al no lugar anónimo en el espacio de la ciudad, con transeúntes anónimos en movimiento o, si se descubre, a los bulevares de París, registrados digitalmente y pintados al óleo por el artista transgresor Juan Zurita en el año 2008.

Clotilde Lechuga



 ©2014 Juan Zurita Benedicto