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CIUDADES EN LANOCHE (DIVAGACIONES A PROPÓSITO DE JUAN ZURITA)


Ciudades en la noche, incansablemente recorridas por Juan Zurita, pintor turolense –de Aguaviva, pequeña localidad próxima a Alcañiz– formado en Zaragoza y Barcelona, cuya obra impactante e inconfundible, hemos ido detectando, a lo largo de la primera década de este nuevo milenio, en distintos premios. Juan Zurita, al cual otorgamos (el Jurado Endesa) en 2007 la beca de la Diputación de Teruel –también obtuvo, hace dos años, la Mario Antolín, instituida por BMW en memoria del recordado crítico zaragozano–, y que ahora comparece, con su trabajo de los cuatro últimos años –tiene treinta y cinco–, en el Museo de Teruel, sumándose así a una corta nómina de turolenses modernos que han merecido los honores de la pinacoteca, nómina que para los más veteranos colaboradores de la misma, entre los cuales me encuentro, siempre quedará encabezada, presidida, por el inolvidable Enrique Trullenque, sin el cual muchas cosas en la provincia, especialmente en materia de cultura, hubieran sido distintas, y peores.

Letanía que compone la enumeración de algunas de las comparecencias de Juan Zurita en solitario: Miradas urbanas, Entornos, Ambientes, Contexto, Urban Glimps, Ciudad abierta, Open Street, Capturas de ciudad...

“Imágenes nocturnas, personajes anónimos de rostros indefinidos, fragmentos de la gran ciudad y sus luces son los elementos de experimentación en mi trabajo”, escribe Juan Zurita en el catálogo de una de esas exposiciones, concretamente de la titulada Contexto, celebrada en 2008, en el Centro Cultural Ibercaja Actur, de Zaragoza.

Ciudades, paseantes anónimos, escaparates, letreros, neones: el mundo urbano, el mundo de la calle, el mundo del comercio, el mundo de la sociabilidad moderna, son efectivamente el objeto preferente de la atención de Juan Zurita, que pese a ser de origen rural, y pese a volver a residir hoy en Aguaviva, a temprana edad quedó atrapado, como tantos otros creadores modernos antes que él, por las luces de la gran ciudad, por esa atmósfera eléctrica de la metrópolis, atmósfera que ya a comienzos del siglo XX supieron captar, todavía mejor que los pintores, ciertos fotógrafos, como el gran Alvin Langdon Coburn en Nueva York, o como Léon Gimpel, un nombre más oscuro, en un París de cuyos incipientes neones hizo con talento la crónica pormenorizada. (Neones que luego iban a tener un gran protagonismo, en algunas películas de vanguardia, por ejemplo en Montparnasse, 1929, sinfonía urbana del ukraniano Eugène Deslaw. Neones que aquí relucen, en las fotografías “fifties” de la Gran Vía madrileña, de Francesc Catalá Roca).

La gran ciudad, y la noche, territorio de predilección para Gimpel, todavía pictorialista, así como para otros ya de franca vanguardia, como Brassaï (Paris de nuit, 1933, con prólogo de Paul Morand) y muchísimos otros tras él en la capital francesa, o Bill Brandt (A Night in London, 1938) en Londres, o Horacio Coppola en Buenos Aires, o ya ni se sabe cuántos en Nueva York. Excelente libro al respecto, de un ensayista alemán en la tradición benjaminiana, y que aunque habla mucho de fotógrafos como los que acabo de citar, también habla mucho del siglo XIX: Joachim Schlör, Nights in the Great City (lo cito por la edición que he leído, la inglesa, de Reaction Books, 1998).

La noche es también el territorio de elección, de caza, en este comienzo del nuevo milenio, de Juan Zurita, que conoce esta tradición moderna a la que me he referido a lo largo de las líneas precedentes, y que habiendo realizado algunas estancias en París, también se siente heredero del Charles Baudelaire de los textos sobre esa capital de capitales, incluido aquél sobre Constantin Guys, el pintor de la vida moderna.

La noche en Juan Zurita. Noches inicialmente de Zaragoza, y de Barcelona, y a propósito de la segunda de estas ciudades, él mismo ha hablado de la importancia que entonces tuvieron para él las Ramblas, por las cuales paseaba a diario; las Ramblas, que tanto protagonismo tienen, por cierto, en las memorias de juventud, La ciudad que fue, de otro turolense, el hoy madrileño Federico Jiménez Losantos. Noches de París. Noches también de Berlín, la otra metrópolis continental, que en 1928 inauguró las sinfonías urbanas cinematográficas, con la de Walter Ruttmann. La noche en Juan Zurita. “Capturas de ciudad”, sí. Instantes de la deriva urbana, del tráfico, del ajetreo de las aceras con su ir y venir de peatones recortándose a contraluz sobre los escaparates, del brillo artificial de esos escaparates con su exhibición siempre renovada de relucientes mercancías, de esos escaparates que el pintor contempla, por decirlo con sus propias palabras, “a modo de pantallas de luz”. Figuras recortándose, muchas de ellas femeninas y atractivas: versiones nuevo milenio de la fugaz “passante” baudelairiana, por siempre fijada en el verso final del inmortal soneto: “oh toi que j’eusse aimé, ô toi qui le savais!” Figuras a veces en diálogo con los maniquís de los escaparates. Importancia de los letreros con su variopinta tipografía, los letreros, muchos de ellos de neón, ese material moderno, volátil y extraño, que desde su nacimiento tanto ha atraído a fotógrafos, cineastas y también pintores, y que además ha sido utilizado como material de base, ya a primer nivel, en trabajos de artistas tan relevantes como pueden ser Lucio Fontana, la griega Chryssa, el francés Martial Raysse, Bruce Nauman, Rudi Stern, y sobre todo Dan Flavin...

La noche, la luz de neón, la artificialidad y teatralidad del resultado, esa luz malva inconfundible que baña la pintura de Juan Zurita, que emana de ella, esa luz fría en la cual domina ese color que él califica coloquialmente de “fresa chicle”. La pintura de Juan Zurita, inconfundible, sí, reconocible a la legua.

Neones concretos, e ilustres: los del Moulin Rouge, en París. Una de las pocas ocasiones, en que uno de estos cuadros, nos conduce sin duda alguna a una ciudad concreta. En la mayoría de los casos, sucede lo contrario, la ciudad concreta se diluye, se integra en una ciudad universal, una ciudad caótica, babélica, hecha de fragmentos de todas las ciudades recorridas, ciudades un tanto intercambiables, unificadas por el agobiante imperio de los signos (L’empire des signes: Roland Barthes ante Japón) universales, multinacionales, signos de los omnipresentes bancos, de las hamburgueserías, de las tiendas de moda.

Pintura muy pintada, la de Juan Zurita, y a la vez pintura que se fundamenta en un diálogo sostenido con la imagen fotográfica y videográfica. El pintor utiliza la cámara de fotos, y también la de vídeo, para registrar su deriva, su errancia urbana. Fotos y vídeos “robados”, por lo general casi sin mirar por el visor, un poco como los fotógrafos “à la sauvette”, como los furtivos, por ejemplo el gran Joan Colom de las fotografías del Barrio Chino barcelonés. Luego, meticulosamente, a base de elegir –en clave casi científica, por decirlo con sus propios términos– fotogramas, y a base de utilizar el “photoshop”, Juan Zurita va tratando ese material de partida, va apropiándoselo, va enfriándolo –casi podríamos decir: congelándolo–, va convirtiéndolo poco a poco en pintura, y ahí ya interviene un proceso manual, de elaboración distanciada, pausada, morosa, de un discurso plástico autónomo.

Esa conversión en pintura, y en hermosa y rutilante pintura, de las imágenes fotográficas de su propia cosecha, liga con toda evidencia el trabajo de Juan Zurita con una rica tradición “sixties” que es la de algunos pintores “pop” norteamericanos como James Rosenquist o Andy Warhol, la de algunos hiperrealistas de la misma nacionalidad –pero el turolense no es en absoluto un hiperrealista–, o la de europeos como el francés Jacques Monory y sobre todo el alemán Gerhard Richter. Problemática que en este comienzo de milenio vuelve a estar a la orden del día, ya que más que nunca la pintura admite hoy las contaminaciones de otros idiomas, sin por ello dejar de ser pintura. En ese sentido, recuerdo el impacto que a Enrique Juncosa y a mí nos causaron, en la Bienal del Whitney de 2002, los videos casi abstractos de Jeremy Blake, aquél en el cual, por ejemplo, una filmación del metro de Nueva York, terminaba adquiriendo una atmósfera sublime, de cromatismo entre Rothko y Newman, un Rothko y un Newman artificializados; de Jeremy Blake, al cual enseguida expusimos en 2003 en el Espacio Uno del Reina Sofía; del meteórico Jeremy Blake, con el cual tanto hablé, el día de su inauguración, no de vídeo, sino de pintura; de Jeremy Blake que cuatro años más tarde encontraría, junto con Theresa Duncan, un final tan abrupto y misterioso.

He mencionado casi al comienzo de estas líneas que Juan Zurita trabaja siempre a partir de fotografías, y de videos. Dando un paso más en esa dirección, últimamente –por ejemplo en 2008, en la muy al día Galería Isabel Hurley, de Málaga– se ha atrevido a exponer tanto fotografías –a veces, fotogramas–, como algo de su creación videográfica. En la presente exposición tenemos, concretamente, tres magníficos ejemplos de esto último, de 2008 (Paris), 2009 (Parisien) y 2010 (Human Cartography) respectivamente. Si el primero es realista, es decir, está integrado por material de base, sin tratar, el segundo presenta ya, en su visualidad, gran semejanza con los cuadros resultantes de la elaboración de tal material. En cuanto al tercero, cuyo título ha terminado siendo el de la muestra toda, es mucho más veloz, endiablado, abigarrado y abstracto. En todos ellos, la banda sonora, con sus sirenas incluidas en el tercer caso, acompaña eficazmente a las imágenes.

Hacia la abstracción: es interesante reseñar que estos últimos tiempos, tanto en el tercero de esos videos, como en su propia pintura, Juan Zurita va hacia territorios más abstractos y esenciales, más sintéticos, de mayor economía de medios, con menos detalles, con zonas más amplias de un mismo color, un proceder que por algún lado le acerca, precisamente, a Richter, o al propio Jeremy Blake.

Pese a vivir nuevamente en su tierra, en cuya capital ahora va a exponer –la muestra se verá luego en el Torreón Fortea, de Zaragoza, y en el Ayuntamiento de Alcañiz–, Juan Zurita sigue atrapado por las noches de la gran ciudad, por las luces de la metrópolis, que sigue siendo su única fuente de inspiración. Sirvan estas breves líneas, para dar testimonio de mi interés por su aventura estética, que siendo muy de hoy, muy de su generación, a la vez renueva una tradición iniciada por el Baudelaire “flâneur”, y proseguida por los modernos de antaño.

Juan Manuel Bonet
Catálogo: "Human cartography". Museo de Teruel.

 


 ©2014 Juan Zurita Benedicto